ESPERANZA Y ALEGRÍA PARA UNA BUENA SALUD

Es parte de nuestra cultura en Occidente creer que la mente y el cuerpo son dos elementos separados o con escasas conexiones. Pero esto no es cierto. El cuerpo y la mente son parte de un todo denominado ser humano. Y al ser parte de un mismo organismo, de un todo, existen en íntima interrelación, de tal manera que lo que afecta a uno repercute necesariamente en el otro.

Se sabe que lo emocional y lo afectivo son los elementos que determinan las acciones de los humanos, mucho antes que lo racional. También se sabe que los humanos tenemos la capacidad de transformar nuestra biología mediante nuestros pensamientos y sentimientos.

Nuestras células sufren la acción de nuestros pensamientos y son modificadas por ellos. Todo el organismo permanece alerta a los mensajes, experiencias, recuerdos y los transforma en conductas personales ya sean agresivas, alegres o serenas. Una depresión intensa puede alterar de forma significativa nuest

En el cerebro por una rabia, un susto, manifestaciones de odio, envidia o amargura, se producen entonces sustancias neurotransmisoras específicas. Ellas viajan por la sangre, por la linfa o por acción quimioeléctrica a todo el cuerpo, de tal manera que, por ejemplo, las plaquetas de la sangre se pueden hacer más adherentes o pegajosas aumentando la tendencia a generar los coágulos que producen trombosis, derrames cerebrales o infartos cardiacos. Las mismas lágrimas tienen una composición química diferente cuando son de tristeza que cuando son de alegría y la piel tiene un tono y elasticidad diferente con las modificaciones de ánimo. Así mismo, los procesos de envejecimiento se aceleran, aumenta la tensión arterial, el corazón cambia su ritmo normal, se producen lesiones en la mucosa gástrica como gastritis o ulceras digestivas, el colon trabaja con dificultad, se altera la capacidad de concentración, se perturba la memoria y el sueño, se lastiman las articulaciones y las glándulas del organismo trabajan con celeridad peligrosa.

No obstante, los neurotransmisores también se activan por alegrías, por esperanza, por confianza, por caricias

sinceras, fortaleciendo el sistema inmunológico, previniendo enfermedades, manteniéndonos saludables y aumentando nuestro tiempo de vida y su calidad. Cuando un ser humano se tranquiliza, se llena de esperanza, de optimismo o de alegría, todo su perfil bioquímico interno se modifica dramáticamente. Y su apariencia tam

bién.

Las personas que viven llenas de odio, de rabia o envidia atiborran sus organizamos de unas dolorosas cargas que le

ro sistema inmunológico, más conocido como nuestro sistema de defensa. Un recuerdo sobre algo triste, negativo o doloroso hace que el organismo libere hormonas y sustancias biológicas destructivas, de la misma forma que lo hace el stress. Es el organismo como un todo el que reacciona y responde ante estas sustancias, por eso la persona que está triste, es envidiosa o mantiene deprimida, refleja tristeza, envidia o depresión por todas las partes de su cuerpo: su mirada, su caminar, la postura de cuerpo, el tono de voz, la imagen del rostro, la tersura de la piel, su digestión o la calidad de su sueño…

 

producen daños en su salud, con alteraciones nocivas en la armonía de su convivencia social, familiar o laboral, y con deficiencias en su rendimiento físico, intelectual, mental, sexual y emotivo. La cultura oriental enseña la importancia de aprender a estar en paz consigo mismo, de la relajación, de la tranquilidad espiritual para mantener una salud integral, sólida y duradera, tanto corporal como del alma.

Cuando un ser humano internaliza y hace consciente en todo su cuerpo la importancia del autorrespeto y del respeto por el otro, de lo valioso que es el mandato sublime del amor al prójimo, entonces todo su cuerpo, su mente, su alma se transforman en un vórtice de energía, de luz, de sabiduría, de alegría y, sobre todo, de buena salud.

 

Dr. Agustín Ricardo Angarita Lezama