¿SALUD PARA LA MAQUINA HUMANA?

La visión que nos entregan en las facultades de medicina sobre la salud, considera al cuerpo humano como una máquina, compuesta por partes analizables por separado. Las especialidades médicas serían las encargadas de estudiar a profundidad cada una de las partes. Se cree que la enfermedad sería la avería de esa máquina, el funcionamiento defectuoso de los mecanismos biológicos, estudiados desde el punto de vista de la biología y la bioquímica molecular y celular. La tarea del médico sería intervenir, física o químicamente, para corregir los defectos y disfunciones de algún mecanismo especial que esté fallando. Algo así como un mecánico del cuerpo.

Esta visión de la medicina hace énfasis en la enfermedad y no en la salud. Si usted quiere ver a un médico molesto y desorientado sobre cómo atenderlo, cuando llegue a su consultorio dígale que no tiene nada, que no le duele en ninguna parte, que simplemente usted quiere que lo mantenga sano, que lo ayude a no enfermarse.

Se dice que no existen enfermedades sino enfermos, y lo paradójico es que los médicos tradicionales han sido formados precisamente para tratar enfermedades y enfermos. Pero no enfermedades de todo el cuerpo sino, de una parte, enfermedades de los órganos, de la mente, de las células, de las moléculas, del código genético, de las nanopartículas. Entonces, los médicos no aprenden a escuchar a sus pacientes sino sólo a sus órganos, a sus partes o sus muy pequeños componentes.

El acto médico se ve reducido a las preguntas que conforman el diagnóstico y la receta con que termina el acto médico, siendo todo cada vez más automático, supuestamente muy científico, tecnificado y profesional, pero muy frío e impersonal. Mientras más avanzan los conocimientos científicos, más alejados están los gale

nos de sus pacientes. En un principio la relación médico paciente era directa, llena de empatía y dispuesta al dialogo, por decirlo de alguna manera, una relación yo-tu. Ahora con el auge de la tecnología, los exámenes de laboratorio se han interpuesto en esa relación y han, prácticamente, desplazado al paciente, creando una nueva relación, yo-ello, donde ello es el laboratorio, que es más un monólogo en silencia, pero nunca una verdadera conversación entre el médico y s

u paciente. Eso hace creer que son más importantes las radiografías, los TAC, las resonancias, los electrocardiogramas, los niveles de sodio, presión de oxígeno, bilirrubina o cualquier otro examen de laboratorio, que las angustias, pánicos y dolores del paciente. Este distanciamiento con el médico, esa falta de dialogo y de información, llena de miedo al paciente. Hoy el miedo es un componente muy significativo de las enfermedades.

Si el médico escuchara al ser humano que sufre y que denomina paciente, si pudiera oírlo como un todo y no como una vesícula con cálculos o una úlcera gástrica o un cáncer en cualquier parte, entendería las angustias y miedos que lo invaden y torturan. Una explicación franca, clara y calmada, espantaría miedos y ayudaría a muchos enfermos a mejorar de sus dolencias. Una atención llena de calor humano, comprensión, sensibilidad y cariño muchas veces es más eficiente que cientos de pastillas, capsulas o terapias. Pero el sistema médico está diseñado para que el galeno no se demore, para que no escuche, para que viva de afán…

Una mirada que comprenda al ser humano de manera integral, con cuerpo y mente unidos en una solo ser humano, no como una máquina donde los órganos sean sus simples partes constituyentes, ni a los médicos como mecánicos que reparan las averías de esa máquina, le hace falta a nuestro sistema de salud, a nuestras facultades de medicina y a los profesionales de la salud. Es decir, los enfermos no son máquinas y los médicos no son mecánicos. Así tendríamos una medicina más humana, la vida tendría menos angustias, miedos, vulnerabilidades, tendríamos más y mejor salud y la vida en comunidad sería más segura.

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