El derecho a morir dignamente

 

Languidecía el día en un atardecer bello como es costumbre en esas tierras. El sol, acurrucándose entre las montañas, llenaba de arreboles el cielo. Mientras llenaba mis ojos de firmamento, me abordó el familiar de una paciente. Quería que la fuera a ver hasta su casa en una zona rural cercana. Acepté. Recogí lo necesario para la consulta y emprendimos viaje. En quince minutos arribamos a una finca a borde de carretera. Tenía una casa de bahareque pintada de blanco adornada con matas de flores sembradas en latas de aceite y viejas ollas esmaltadas pegadas a las paredes. Otras colgaban de las cornisas en materas construidas con astillas de guadua, que el viento mecía suavemente. De inmediato me llevaron a ver la enferma.

La encontré tirada en un viejo camastro en un cobertizo improvisado hecho en la parte trasera de la casa con retales de guadua y cinc, alejado unos treinta metros, al lado de la letrina y del pozo séptico. Ella despedía un olor nauseabundo. Prácticamente no se podía respirar. La familia había decidido sacarla de la casa para aliviar los olores que despedía su avanzado cáncer de matriz y ahogar un poco los gritos de dolor que permanentemente emitía.

La señora, hija de los dueños de casa, por la falta de costumbre de hacerse chequeos médicos preventivos, había desarrollado un cáncer de cuello uterino, que solo se le descubrió cuando le había invadido órganos internos. La hicieron tratamiento especializado y luego de varias sesiones los galenos decidieron que no había nada que hacer, que lo mejor era que la llevaran a casa y le dieran calmantes mientras moría… llevaba 5 meses de terrible agonía.

Ya era un  escombro de ser humano. Sus ojos extraviados por el dolor, los calmantes y la enfermedad. Sus huesos forrados en una piel cetrina demostraban como la invasión del cáncer la consumía. Sus genitales eran una gran úlcera que conectaba lo que quedaba de vagina con el recto. De allí salía una abundante supuración fétida. Todo lo que comía lo vomitaba y orinar o defecar eran un martirio. No paraba de gritar por sus agudos dolores. La morfina que le aplicaban la mantenía adormilada pero su dolor seguía intenso. Luego de examinarla me sentí  miserable. No entendía por qué un ser humano tenía que sufrir de esta manera. Me llenaba de ira no poder darle ningún alivio más allá de tomar sus manos y sentir su leve apretón mientras me buscaba con su mirada perdida y llorosa.

La vida vale la pena si hay libertad, salud y dignidad humana. Pero no era para nada digna la vida que mantenía ésta señora. Pedía a gritos que la ayudaran a morir ya. Se preguntaba qué había hecho ella para merecer tan doloroso castigo…

Así hay centenares de seres humanos tirados en hospitales o en oscuros cuartos de hogares, que, pese al amor de sus familiares, se apagan poco a poco sumidos en el sufrimiento, la desesperación y la angustia sin tratamiento posible que los alivie. No es humano ni para los enfermos ni para la familia ese largo suplicio. El Ministerio de salud reglamentó el derecho a morir dignamente, que ya fue aprobado por la Corte Constitucional, para que estos seres humanos encuentren una solución definitiva a sus prolongados sufrimientos. Sin embargo, escucho voces contrarias, especialmente de los que están sanos, que no viven cerca del dolor y asumen el sufrimiento desde la simple teoría.

Agustín Angarita. Médico cirujano. abril 24 de 2015

 

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